Qué ves cuándo te miras en el espejo: ¿Tus defectos o tus virtudes?



Todos queremos ser buenos, guapos, altos, simpáticos, atractivos, inteligentes, … y la verdad, para que engañarnos, no es así.

Ser capaz de mirarse a uno mismo y aceptar quien eres, con lo bueno y la malo, es un ejercicio necesario para ser feliz. Y ser capaz de reírse de uno mismo es una buena estrategia para conseguirlo.

Seguramente lo has oído antes, pero ¿por qué? Si siempre nos han dicho que no está bien reírse de los demás… ¿Por qué va a estar bien reírse de uno mismo?

Se pueden dar varios argumentos. La risa siempre se ha visto como un antídoto frente al estrés, frente a la ira, la tristeza, la ansiedad… es incompatible con muchas emociones desagradables, y esto de por sí ya está muy bien.

Pero además, para poder reírnos de nosotros mismos, primero debemos representarnos a nosotros mismos, es decir, “separarnos” de nosotros mismos… de fusionarnos, tal como se diría desde la Terapia de Aceptación y Compromiso.


De este modo ya no nos identificamos con las emociones de miedo o tristeza, o con pensamientos de derrota o vergüenza, sino que nos percibimos como sus observadores… somos más que nuestros pensamientos y que nuestras emociones.

Es como si nos observáramos mediante la imaginación, para poder, en cierta medida, vernos como vemos a los demás, y a partir de ahí, reírnos de nuestros miedos, de nuestros errores y fracasos, de nuestras expectativas, ilusiones y desilusiones, vergüenzas, obsesiones, actuaciones, etc.

El hecho de “separarnos” de nosotros mismos, nos permite alejarnos de alguna forma de esas emociones o pensamientos sobre los que vamos a reírnos.

Reírnos de nosotros mismos cuesta en principio un pequeño esfuerzo, ya que es como si atentáramos contra nuestra autoestima; pero una vez que reconocemos que podemos equivocarnos, tener miedos, o hacer el ridículo como el resto de los mortales, la autocompasión y la risa pueden fluir sin barreras.

Reírnos de nosotros mismos relativiza la importancia de las cosas y nos ayuda a perdonarnos por nuestros errores o fracasos, eso es ser resiliente.

¿Y que es entonces Resiliencia?

Para quien no este acostumbrado al término, y no desee echar un vistazo en Wikipedia, de manera muy resumida es: la capacidad de un individuo para sobreponerse a las dificultades da la vida y salir de manera victoriosa.

Un ejemplo típico es el chico que nace en una villa o barrio excluído, rodeado de drogas, miserias y desestructuración familiar y consigue convertirse en una persona feliz, formada, con trabajo, con una familia normalizada y con todas las opciones abiertas que la vida puede ofrecer.

Tuve la suerte de coincidir en 2006 con Stefan Vanistendael, uno de los padres del concepto de resiliencia y creador del modelo de la casita para explicarla (en principio simplemente una manera de presentación y en la actualidad  la base de muchos programas para trabajar la resiliencia).

Como vemos en el dibujo, el humor lo sitúa en el segundo piso, como una de las características necesarias para la persona resiliente. En aquel encuentro de 2006, nos mostró otra versión de “la casita” que me gustó más.

 El humor eran las columnas que sujetaban la casa desde los cimientos hasta la azotea, como ese pilar necesario en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida.

Y es que, el sentido del humor, ser capaz de reírse de uno mismo es vital en todos los momentos de nuestra vida.

Cuando las cosas salen bien, cuando salen mal, cuando el presente es maravilloso y el futuro prometedor, o cuando el presente esta embarrado y el futuro tiene mala pinta, ríete de ti mismo.

De todas formas, simplemente eres un montón de oxígeno, carbono, hidrógeno y unos cuantos componentes más, que durante un breve periodo de tiempo se han combinado para formar un ser humano.


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