10 Feb
10Feb

Las grandes enseñanzas, y la vida misma, nos recuerdan una y otra vez las virtudes de perdonar. Podríamos decir que el Perdón se instala como cualidad imprescindible para trascender al Ego.

Sin embargo a menudo nos quedamos, precisamente en la cara egoica del Perdón, otorgando al otro, al pecador, al villano, al malvado, desde nuestra superioridad moral (puro ego).

Algunos, van un paso más allá, y consiguen ver la imagen que el otro, como si de un espejo se tratase, les muestra de sí mismos.

Consiguen ver su carácter juzgador, su propia soberbia e ignorancia, y necesitan recibir el perdón de los sabios, de la divinidad misma, pero sigue siendo una visión del ego.

Andamos más cerca cuando sentimos la necesidad de mirar al otro a los ojos y pedirle perdón por haberle juzgado, actuando desde el corazón, pero presos aún de la ignorancia.

El penúltimo paso es otorgarnos a nosotros mismos, desde la conciencia de que somos aprendices, desde la conciencia de que cada uno hace las cosas lo mejor que puede y sabe, incluidos nosotros mismos, ese perdón que demandamos y ofrecemos hacia el otro o del otro, cuando el trabajo es hacia nosotros mismos.

Entonces nos perdonamos, dejamos de juzgarnos, entendemos por fin que no hay nada que perdonar y llegamos al último paso, agradecer, agradecer los espejos, agradecer las oportunidades de aprendizaje, ya no sentimos que debemos perdonar sino agradecer.

Quiero compartirles un precioso cuento budista sobre el perdón.

Un Buda estaba meditando junto con sus discípulos en el bosque, cuando un hombre de repente lo empezó a insultar y querer agredir.

Buda salió del trance al instante y con una sonrisa plácida envolvió con compasión al agresor; sin embargo, los discípulos reaccionaron violentamente, atraparon al hombre y alzando palos y piedras, esperaron la orden del Buda para darle su merecido.

Buda en un instante percibe la totalidad de la situación, y les ordena a los discípulos, que suelten al hombre y se dirige a este con suavidad y convicción diciéndole:

-“Mire lo que usted generó en nosotros, nos expuso como un espejo muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido por favor que venga todos los días, a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía.

Usted vio que en un instante yo lo llené de amor, pero estos hombres que hace años me siguen por todos lados meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida.

Regrese siempre que desee, usted es mi invitado de honor.

Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es solo un engaño de la mente esto de ver la unidad en todo”.

Cuando escucharon esto, tanto los discípulos como el hombre, se retiraron de la presencia del Buda rápidamente, llenos de culpa, cada uno percibiendo la lección de grandeza del maestro y tratando de escapar de su mirada y de la vergüenza interna.

A la mañana siguiente, el agresor, se presentó ante Buda, se arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida

-“No pude dormir en toda la noche, la culpa es muy grande, le suplico que me perdone y me acepte junto a Usted.”

Buda con una sonrisa en el rostro, le dijo: “Usted es libre de quedarse con nosotros, ya mismo; pero no puedo perdonarlo.”

El hombre muy compungido, le pidió que por favor lo hiciera, ya que él era el maestro de la compasión, a lo que el Buda respondió:

-“Entiéndame, claramente, para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego herido, la falsa creencia de que uno es la personalidad, ese es quien puede perdonar, después de haber odiado, o resentido, se pasa a un nivel de cierto avance, con una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior, a aquel que en su bajeza mental nos hirió.

Solo alguien que sigue viendo la dualidad, y se considera a sí mismo muy sabio, perdona, a aquel ignorante que le causó una herida”.

Y continuó: “No es mi caso, yo lo veo como un alma afín, no me siento superior, no siento que me hayas herido, solo tengo amor en mi corazón por usted, no puedo perdonarlo, solo lo amo.

Quien ama, ya no necesita perdonar.”

El hombre no pudo disimular una cierta desilusión, ya que las palabras de Buda eran muy profundas para ser captadas por una mente llena todavía de turbulencia y necesidad, y ante esa mirada carente, el Buda añadió con comprensión infinita:

-“Percibo lo que le pasa, vamos a resolverlo: Para perdonar, ya sabemos que necesitamos a alguien dispuesto a perdonar.

Vamos a buscar a los discípulos, en su soberbia están todavía llenos de rencor, y les va a gustar mucho que usted les pida perdón.

En su ignorancia se van a sentir magnánimos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón, y usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentir un reaseguro en su ego culposo, y así más o menos todos quedarán contentos y seguiremos meditando en el bosque, como si nada hubiera pasado”

Y así fue.

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